—¿Aún quieres renunciar? —susurró Julián sin apartar la vista del bebé.—Mañana —respondió Elara con una sonrisa—. Hoy todavía tengo que limpiar su oficina.
A pesar del desastre, algo cambió. Julián, el hombre que nunca sonreía, terminó la tarde con las mangas arremangadas y restos de puré de manzana en la mejilla, meciendo al pequeño hasta que se durmió. Elara lo observó desde la puerta, dándose cuenta de que el jefe de hielo finalmente se estaba derritiendo. Un jefe, un bebe y una asistente en problemas- ...
—No. Ayúdame con... esto —señaló al pequeño, que en ese momento lanzó un grito de guerra y soltó una bocanada de leche directamente sobre el hombro del traje italiano de Julián. —¿Aún quieres renunciar